martes, 22 de enero de 2013

El rey chimuelo

        En el reino de Aquí todos somos muy sonrientes, el rey Oberto gobernaba risueño. Como cada año, se le iba a tomar la fotografía que constataba que en ese reino, efectivamente, todos eran muy sonrientes, sobre todo su monarca. Ésa era su oportunidad de mostrar la más hermosa, plena y reluciente sonrisa que se pueda imaginar, la dentadura más blanca acompañada de la felicidad en el rostro.
Además de ser sonriente, el rey tenía otras muchas cualidades: era una persona generosa, amable y de buen corazón. Sólo tenía un defectito: era un glotón incorregible. Su gusto por los confites no conocía límites, su afición por comerlos se había convertido en una franca adicción.
En un principio, no se apreciaban las diferencias, pero con el tiempo, todo el reino se dio cuenta de que había ganado varios kilos.
Al rey no le gustaba estar gordo, pero esto, aunque lo entristecía un poco, no le preocupaba demasiado, así que para a olvidarse comía más y más dulces.
Los comía a todas horas y en todas sus formas; los comía rápido y sin disfrutarlos, a mordidas, masticaba con sus muelas grandes pedazos de caramelo macizo.
Entonces  sucedió algo horrible, algo desastroso, algo terrible, al rey Oberto  se le picó un diente y no cualquier diente,  estamos hablando del incisivo superior derecho.
Esto fue el acabose, el rey tenía caries, una mancha negra que destacaba entre la blanca dentadura, ya no podía sonreír… no debía sonreír. Su expresión se había alterado sobremanera, ya no se sentía seguro, había perdido su mayor atractivo y con éste la confianza en sí mismo,  ¿qué podía hacer?
Buscando una solución mandó traer al hechicero del reino, el mago Chapuzas. Bastó mostrarle su malograda sonrisa para que el mago Chapuzas se percatara de la catastrófica situación.
Chapuzas, después de pensarlo un momento, le dio al rey Oberto un chicle de menta para que mascara. El rey lo mascó un rato, cuando quedó suave y manejable, el mago le pidió al rey que se lo colocara sobre la mancha del diente. Así lo hizo el rey, se miró en el espejo y, por un momento, quedó complacido con los resultados.
El problema vino cuando el rey se sentó a comer dulces, al primer  mordisco, el chicle se desprendió de su dentadura y quedó pegado en la manzana caramelizada que se disponía a disfrutar. Inmediatamente mandó a llamar al mago Chapuzas. Entonces al mago se le ocurrió otra brillante idea, en un pedazo de papel dibujo una sonrisa, la recortó y se la pegó con un pedazo de cinta adhesiva. Ya está, dijo el mago, problema resuelto, podrá comer lo que quiera y sonreír al mismo tiempo. El rey, con su sonrisa pegada, dio un paseo por los alrededores del castillo, pero la gente que lo miraba no podía aguantarse la risa al verlo con una sonrisa de papel pegada sobre los labios.
-¡Chapuzas! –gritó enérgico el rey Oberto, ahora sí estaba enojado.
El mago Chapuzas no sabía qué hacer, esto salía de su competencia; los dientes y su cuidado no figuraban entre sus conocimientos. Así se lo tuvo que hacer saber al rey Oberto.
-¿Con qué no sabes nada de dientes, eh? ¿Y quién sabe sobre los dientes, quién puede ayudarme?
-No lo sé –contestó el mago.
-Pues te ordeno que lo averigües y que me traigas a la persona indicada para solucionar el problema. La fotografía anual será tomada en una semana, ¡una semana!, ¿entiendes? Tienes siete días, Chapuzas, siete días solamente.
El mago Chapuzas se puso a temblar, ¿cómo podría saber él quién se encarga de curar los dientes?, ¿de dónde iba a sacar a alguien así?
Confundido dio un paseo por los alrededores, algo se le tenía que ocurrir, todavía había tiempo.
El rey Oberto, por su lado, seguía hincándole el diente a toda clase de dulces: caramelos, chocolates, paletas, turrones, muéganos, ates, frutas cristalizadas y pasitas confitadas, por mencionar sólo algunos.
-Mmm, ¡qué delicia!  -decía el rey al tiempo que comía y comía.
Pero, en una de esas mordidas, el rey Oberto sintió un dolor muy agudo, una punzada en el diente enfermo que le cimbraba el cuerpo.
-¡Ayyy! -gritó el rey incontenible-, ¡aaaaaaaayyyyyyyyyyyy! Socorro, que alguien me ayude.
La corte entera se hizo presente ante los gritos del adolorido rey, sin embargo, ninguno de ellos supo qué hacer: uno le sobaba la cabeza, otro le dio masaje en los pies, aquel otro le cepillaba la cabellera, y otro despistado le traía más dulces que comer.
-¡Noooooo! Me duele mucho el diente, hagan algo, por favor.
Entonces, uno le limpió el diente con un pañuelo, otro le untó aceite, aquel otro lo tintineó con su uña y el mismo despistado le pegó una curita.
-¡No, basta! Esto no me ayuda nada, me sigue doliendo. Llamen a Chapuzas.
Al mago Chapuzas todavía no se le ocurría quién podría curar el diente cuando fue llamado urgentemente al palacio.
-Chapuzas –le dijo el rey-,  ya no se trata de si me veo bien o mal, la foto anual dejó de ser lo más importante, lo que urge es que me quites el dolor… ya no lo soporto.
El mago Chapuzas, quien más que mago era una persona muy ocurrente, tuvo una idea: lo puso de cabeza, tal vez eso despejaría el sufrimiento. Desafortunadamente, eso no disminuyó el dolor, al contrario, el dolor le vino con mayor fuerza.
Entonces, como había oído que algunas aromas propician la relajación, le dio flores para oler. Lástima, tampoco funcionó; el rey Oberto al olerlas, se puso a estornudar.
-¡Vaya! No cesa el dolor, ¿eh?
-No, Chapuzas, y mi paciencia se acaba –le contestó el rey Oberto.
Entonces el mago, quien agotaba los remedios que conocía,  le dio al rey un té de manzanilla como última esperanza de curación.
-Auuugh  -exclamó el rey-, esto sabe de lo más insípido, ¿es que no tiene azúcar?
Chapuzas, con un movimiento de cabeza dio una respuesta negativa.
-Así no lo puedo tomar, ponle unas tres o cuatro cucharaditas de azúcar, por lo menos.
Así lo hizo el mago y cuando el rey Oberto estaba a punto de tomarlo, salió de la cocina un muchacho:
-No, rey Oberto, no lo haga; el azúcar sólo incrementará el dolor, la caries se hará más grande y puede perder el diente… entonces ya no habrá nada que hacer, será usted un rey chimuelo.
-¿Qué dices?, ¿chimuelo oí?
-Sí, chimuelo; perderá el diente y quedará un hueco, una ventana en su boca.
-¡No! –gritó el rey Oberto-.  No lo soportaría.
-No se alarme, todavía estamos a tiempo de salvar su diente.
-¿Estamos? –preguntó el rey-. ¿Quién eres tú?
-Me llamo Diante y vengo del reino vecino: Aquí todos tenemos los dientes muy blancos porque sabemos cómo cuidarlos.
-¡Vaya! No conozco ese reino, pero creo que es momento de ir a visitarlo, ¿está muy lejos?
-A unas horas a caballo.
-¿Y de verdad que ahí saben cuidar los dientes?
-Sí, claro; desde que somos niños nos enseñan  a hacerlo.
-No sé si ya esté muy viejo para aprender.
-No, nada de eso, nunca es tarde para aprender y menos algo tan importante como la higiene y el cuidado bucal.
-¿Higiene bucal? Pero, ¿qué dices?, ¿qué es eso?
-Ya verá, vámonos antes de que dolor no lo deje moverse.
Así lo hicieron, rápidamente se organizó un carruaje en que fueron un selecto grupo: el rey Oberto, las personas más allegadas a él, Diante y el mago Chapuzas. Cómodamente sentados, unos frente a otros, salieron hacia el reino de Aquí todos tenemos los dientes muy blancos porque sabemos cómo cuidarlos.
En el camino el rey tuvo hambre, bueno, no hambre, sino antojo de comer lo que acostumbraba, o sea, dulces. Pidió que le dieran chocolates, pero no uno ni dos, ¡un kilo de chocolates! Como sus palabras eran órdenes para sus súbditos, inmediatamente le dieron lo que solicitaba.
-Disculpe, rey Oberto –dijo Diante-, detesto tener que decirle esto, pero no le aconsejo comer dulce en su estado.
-Esto no es un dulce, es chocolate.
-Sí, lo que quiero decir es que es dulce, o sea, está dulce porque tiene azúcar y el azúcar daña el esmalte de los dientes, o sea, los pica y se ponen negros… como… el suyo.
-¿Me estás diciendo que en Aquí todos tenemos los dientes muy blancos porque sabemos cómo cuidarlos  nunca comen dulces?
-Claro que los comemos, pero ocasionalmente y en pequeñas cantidades, no todo el día y como único alimento.
-¿Pero de qué otros alimentos hablas, si los dulces son lo más rico?
-Perdone que difiera de usted, pero en lo personal creo que todos los alimentos son sabrosos: las sopas, el pescado, las carnes, los huevos, las ensaladas, los quesos, la pasta, el arroz, y como usted ve, nada de esto es dulce, más bien salado.
-Yo también lo creo así  -confirmó uno de los súbditos.
Al rey Oberto no le agradó el comentario, pero como no se sentía bien, no quiso discutir.
-Bueno  -se atrevió a hablar el chofer del carruaje-, a mí me gustan las cosas ácidas: los pepinos, las jícamas y las zanahorias ralladas con limón y sal, me fascinan.
-Pero, ¿qué me dicen de las frutas?  -comentó el mago Chapuzas-, si no hay nada más sabroso que la sandía o las uvas, las fresas, la piña, ¡el mango!, las manzanas y las peras.
-Bueno  –dijo el rey-, ya basta, ¿por qué, si les gustan tanto estos alimentos, me han dejado que yo sólo coma dulces?, ¿por qué, si saben que el azúcar es perjudicial para la salud y en especial para los dientes, me han permitido  comer dulces? ¿Qué clase de súbditos son que no cuidan a su rey?
-Lo siento  -dijo el mago Chapuzas-, pero es que no sabía cómo decírselo, usted se veía tan contento comiendo sus dulces, no deseaba contrariarlo…
-Eso no importa, debiste decírmelo.
-Es que a usted… le gustan tanto que…
-Basta; sí, me gustan, pero nunca pensé que me hicieran daño y tampoco se me ofrecieron otros sabores, pude haberme evitado este dolor de diente.
El Rey Oberto estaba disgustado con su corte. Los súbditos asumieron su culpa, pero el rey, también asumió la suya:
-Está bien, cada quien es responsable de sus propios actos, yo debí informarme sobre las consecuencias de comer tantos y tantos dulces.
El carruaje, con sus ocupantes, llegó a Aquí todos tenemos los dientes muy blancos porque sabemos cómo cuidarlos;  a oídos del rey Brillantiux llegó la nueva: del reino de Aquí todos somos muy sonrientes  venía a visitarlo su monarca.
Educado y cordial, el rey Brillantiux salió a recibirlos y con él, decenas de personas de todas edades y ocupaciones, mujeres y hombres, niños y ancianos. ¡Por todos los cielos! Era cierto, todas las personas lucían las más blancas dentaduras que se hayan visto.
-¡Guau! –exclamó el rey Oberto-, sus dientes son en verdad blancos, blanquísimos.
-Gracias, pero no es obra de la casualidad, los cuidamos mucho.
-A eso he venido, yo tengo un problema con este diente, ¿lo ve? es el que está negro, deje usted que se vea feo, me duele una barbaridad, por eso he venido a que me ayuden porque en mi reino Aquí todos somos muy sonrientes no hay nadie que sepa un pepino del cuidado dental.
-Pues aquí sucedía lo mismo, no sabíamos nada de lo que ahora sabemos, de hecho, nuestro reino cambió de nombre cuando tuvimos el conocimiento, antes se llamaba Aquí cerramos la boca para que no entren las moscas, pero ahora, ¡qué va! Nunca tenemos la boca cerrada, porque en boca cerrada no se puede apreciar la blancura que hoy nos caracteriza.
-Bueno, pero dígame, ¿cómo fue que lo lograron?, ¿qué sucedió?
-Mire, la verdad es que el milagro lo obraron unos forasteros: un grupo de hombres y mujeres que venían de otro reino; vestían batas blancas y se hacían llamar dentistas. Pues en cuanto llegaron nos repartieron cepillos, sí, oyó usted bien, cepillos para lavar los dientes.
-¡No me diga!
-¡Sí! Y no sólo eso… al cepillo se le pone una pasta que limpia, protege y abrillanta la dentadura, ¡una maravilla!
-Pero, ¿cómo es posible? Jamás se me hubiera ocurrido, semejante invento que tienen ustedes, ¿cómo puedo conseguirlo?
-Pues, mire, los dentistas nos repartieron los cepillos, pero, ¿qué cree?, que los cepillos no duran toda la vida, se tienen que reemplazar cada tres meses; así,  ante tal demanda, pronto se acabaron, lo mismo que la pasta dental. Pero nosotros ya no podíamos vivir sin lavarnos los dientes, es que se siente la gloria tener la boca limpia, por lo que convoqué a todo el reino para que juntos fabricáramos cepillos y pastas dentales.
-¿Y qué pasó?
-Pues que los fabricamos, y de la mejor calidad, venga le voy a enseñar.
El rey Brillantiux le dio un cepillo al rey Oberto y le enseñó a usarlo.
-Así, fíjese: los dientes de arriba los cepilla para abajo, pero desde la encía, así, no muy duro, pero tampoco suave, tómese su tiempo, hágalo a conciencia. Bien. Ahora, los dientes de abajo los cepilla para arriba; las muelas se cepillan con movimientos circulares, también se cepilla la lengua y los cachetes. Se enjuaga usted, esto es muy importante, unos tres o cuatro buches y mire nada más esos dientes… si hasta parecen de porcelana.
-Es verdad que se siente uno bien después de hacer esto. Me gusta. ¡Atención! –llamó a sus súbditos-: Yo, el rey Oberto decreto que de hoy en adelante en mi reino Aquí todos somos muy sonrientes se hará esto… ¿cómo dice que se llama?
-Lavarse los dientes –respondió el rey Brillantiux.
-Bien, declaro que todos los habitantes de Aquí todos somos muy sonrientes laven sus  dientes cada… cada… ¿cada cuándo se hace esto?
-Después de cada comida  -contestó el rey Brillantiux.
-Ordeno que se laven los dientes después de cada comida, he dicho.
Los súbditos asintieron con la cabeza, aunque  no entendían bien a bien lo que se les estaba ordenando; se les explicó detalladamente en qué consistía el cuidado y la higiene bucal, y que, efectivamente, el azúcar en exceso daña el esmalte de los dientes. Con respecto a la caries del rey Oberto, los dentistas lo atendieron y quedó como si nada. Regresaron triunfantes a Aquí todos somos muy sonrientes; ahora sí, el rey Oberto estaba listo para tomarse la foto anual, en la que salió –por cierto- más sonriente que nunca.

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