viernes, 26 de julio de 2013

Cada cosa en su lugar

                                                                    Para Irene y Vera
     Semana tras semana, los domingos en casa de Andrea y Mario transcurrían, entre risas y juegos, más o menos de la misma manera: los niños sacaban todos los juguetes del armario, y cuando digo todos es que eran todos, o sea, no se quedaba ninguno guardado; tapizaban el piso con canicas, muñecas, trompos, yoyos, rompecabezas (desarmados, por supuesto), carritos, pelotas, peluches, trastes, herramientas, patines, cuadernitos para iluminar, crayolas y, bueno, todo lo que se pueda uno imaginar, y así -claro- se pasaban un día muy feliz jugando.
      Empezaba a atardecer y se oía la voz de su papá decir:
     -Niños, empiecen a recoger que ya se está haciendo tarde.
    Pero, ¿cómo iban a recoger? Si estaban en pleno juego ¡y tan contentos! Entonces contestaban:
     -Un ratito más, papi, es que lo estamos pasando muy bien.
     Pasaba “el ratito” y nada de recoger ni una canica; entonces se oía decir a su mamá:
    -Niños, recojan ese cuarto que se hace tarde y mañana hay que ir al colegio.
   -¡El colegio! -exclamaban los niños con cierta sorpresa cuando se les recordaba ese lugar como si no supieran que todos los lunes había clases.
     -Yo tengo que hacer unas cosas -decía Andrea.
     -A mí también me falta hacer algo -comentaba Mario.
     Entonces dejaban todos los juguetes como estaban, o sea, tirados por todo el cuarto para sacar las mochilas e ir a la mesa del comedor a hacer las tareas pendientes. Cuando terminaban las tareas ya era de noche y, como era de esperarse, tenían hambre y estaban cansados.
     -Ya me quiero dormir, papá, estoy muy cansada, hasta mañana -dijo Andrea.
     -Hasta mañana, ¿recogieron los juguetes?
     -No pudimos, papi, pero mañana los recogeremos.
     -Mañana sin falta.
     -Sí, papá.
     Los niños se iban a dormir, como cada domingo, en un cuarto inundado por juguetes de todas formas, tamaños y colores con la promesa de recogerlos el lunes.
    Sin embargo, los niños no se acordaban al momento de hacer la promesa que el lunes era un día sumamente complicado para ellos: después del colegio tenían clases de natación y de piano, eventos que los dejaba bastante cansados como para ponerse a recoger el cuarto, eso sin contar que había que hacer las tareas, merendar y ver su programa de televisión favorito. Llegaba la noche y entonces los niños iban a dar las buenas noches a sus papás:
     -Buenas noches, papi; buenas noches, mami.
     -Buenas noches -respondió su papá-, ¿recogieron el cuarto?
   -No pudimos, tuvimos muchas cosas que hacer -contestó Andrea-, pero mañana sin falta lo haremos.
     -Andrea y Mario, mañana sin falta.
     -Sí, papi -contestaron los niños.

    Pero el martes también tenía sus complicaciones y sus compromisos y, como sucedía siempre, el arreglo del cuarto no podía llevarse a cabo. Así pues, se terminaba otro día:
     -Buenas noches -dijeron los niños.
     -¿Recogieron el cuarto? -preguntó su papá.
     -No -contestaron los niños con cierta vergüenza.
  -Pero, ¿en qué habíamos quedado? -preguntó su papá-, ustedes se comprometieron a recogerlo y ya saben que los compromisos se tienen que cumplir.
     -Sí -dijo Mario-, lo sabemos, pero es que....
     -Es que qué...
     -La verdad es que se nos olvida.
     -¿Se les olvida?, ¿cómo se les puede olvidar?
     -Sí -contestó Andrea-, no nos acordamos de eso...
   -Escuchen bien: los compromisos no se nos pueden olvidar jamás. Si ustedes se olvidan de lo que han acordado conmigo es como si se olvidaran de mí, ¿entienden? Cumplir con nuestros compromisos y nuestras responsabilidades es una manera de decirles a las personas que las queremos, que las respetamos y que nos importan, eso nos une con ellas, el no cumplirlos nos aleja, ¿lo comprenden? Imaginen que nosotros dejáramos de cumplir con nuestros compromisos y responsabilidades de padres, eso sería tanto como que nos olvidáramos de ustedes. ¿Se imaginan eso? Piensen en qué pasaría si nos olvidáramos de ustedes.
     -Lo haremos mañana sin falta, papi -dijo Andrea.

    A pesar de las buenas intenciones de los niños, el miércoles pasaron una película que Andrea quiso ver y a Mario se le fue el tiempo jugando videojuegos; cuando se dieron cuenta ya era hora de ir a la cama a descansar en un cuarto que pedía a gritos un poco de orden.
     Entonces sucedió algo extraordinario.
     -Buenas noches, papá -dijo Mario.
     -¡Uy! -saltó del susto el papá de los niños-, ¿tú quién eres?
     -Papá, no es gracioso, soy Mario.
     -¿Mario?, ¿qué haces en mi casa?, ¿cómo entraste?
     -Aquí vivo, contigo.
     -No, ¿Mario, dices? Estás equivocado, lo mejor será que te vayas a tu casa, ya es un poco tarde y tus padres podrían estar buscándote.
     -Qué simpático, tú eres mi padre.
     -No lo soy.
     -Para con esto, papá, no es chistoso.
     -Lo siento, niño, no pretendo ser chistoso, pero es que yo no soy tu padre, de hecho, mi esposa y yo no tenemos hijos, vete a tu casa de una vez.
      En eso llegó Andrea a despedirse, venía de lavarse los dientes.
     -Hasta mañana, papi.
     -Pero qué es esto, ¿qué broma es ésta?, ¿de dónde has venido tú?
     -De lavarme los dientes.
    -Pero ¿qué hacen los dos aquí?, ¿quién se creen que son? A su casa ahora mismo antes de que me enfade y llame a la policía.
     Mario y Andrea pensaron que su papá les estaba jugando una broma que a decir verdad no era nada graciosa. Pensaron que era su manera de hacerles ver su molestia por no haber recogido el cuarto como habían quedado. Lo tomaron entonces como un regaño al que no le dieron demasiada importancia y se fueron a dormir a su desordenada habitación.
     Al día siguiente se levantaron corriendo para irse al escuela, les extrañó mucho que su mamá no hubiera ido a darles el beso de los buenos días como acostumbraba, pero pensaron que sus padres aún estaban un poquitín molestos porque los juguetes seguían tirados como de costumbre.
     -Mario -dijo Andrea- hoy sí, a como dé lugar, tenemos que recoger el cuarto. No me gustó nada la forma en que nos trató papá ayer, ¡mira que decir que no éramos sus hijos!... me sentí horrible.
    -Sí, yo igual, me dijo que me fuera a mi casa con una seriedad aplastante, ni una mueca de risa en la cara; creo que ahora sí lo hemos disgustado en serio. En cuanto regresemos del colegio recogemos todo y dejamos este cuarto como si no hubiera pasado nada.
     -¡Vale!

     Los niños entraron a la cocina para tomar el desayuno y más les sorprendió que en la mesa no hubiera nada, o sea, no había nada de nada, vaya, ni siquiera estaba puesto el mantel.
    -¿Pero qué es esto? -exclamó Mario. Esto ya es demasiado, no nos tienen comida, ¿qué se pretende, que nos muramos de hambre?
     -¿Pero también mamá? Jamás lo habría creído de ella... esto ha ido demasiado lejos.
     -¿Qué haremos?
    -Lo dicho: arreglaremos el cuarto en cuanto lleguemos del colegio. Ahora vámonos que se nos hace tarde.
   Los niños se marcharon al colegio y todo el día lo pasaron con cierta angustia. No podían creerse este comportamiento de sus amados padres, es que simplemente no entendían. Es cierto que el cuarto estaba tirado, pero tan tirado como otras tantas veces en que su mamá terminaba por recogerlo todo, ¿qué había cambiado ahora?
     Mario y Andrea llegaron a su casa, tocaron la puerta, pero no abrió nadie. Se miraron desconcertados. ¿Sería posible que no estuviera su madre esperándolos con la mesa puesta y la comida servida? ¡No!
     Se cansaron de tocar, era inútil, no abría nadie. Tal vez, ciertamente, su madre no estaba; tal vez se le había presentado una emergencia... ¿pero ni una nota?
      Los chicos no supieron qué hacer, se sentaron afuera de la casa a esperar a que llegaran sus padres con una explicación. Pasaba el tiempo y no llegaba nadie, aburridos sacaron sus tareas para hacer más corta la espera. Ya casi entrada la noche se presentó su madre, venía muy guapa y alegre. Al verlos sólo dijo:
     -Con permiso, chicos, están obstruyendo la puerta de mi casa, ¿podrían hacerse a un lado?
   -¡Mamá! -gritó Andrea-. Nos morimos de hambre, tenemos horas esperándote. Por favor, ya perdónanos y danos de comer.
    -Pero, ¡qué dices, niña! Si yo no tengo hijos. Vamos, vayan a su casa a que los atienda su madre.
      -¡Tú eres nuestra madre! ¿No te acuerdas de nosotros?
     -Pero qué cosas dicen, si ya les dije que yo no tengo hijos y de verdad que nunca los había visto.
     Andrea se echó a llorar y Mario se puso a consolarla.
     -Vamos, vamos, no se pongan así, si tienen mucha hambre, entren conmigo y les prepararé algo.

     Los niños entraron a la casa, se fijaron que la mesa seguía sin mantel, tal como estaba en la mañana.
     -Voy a preparar algo para comer, pueden ir a lavarse y ver la televisión en lo que tengo todo listo. Vayan.
     Entonces, Andrea y Mario aprovecharon para ir corriendo a su habitación a recoger todo con una rapidez y una eficiencia sorprendentes. En cuanto terminaron se dirigieron a la cocina. Al llegar, su madre los abrazó con su habitual dulzura.
    -¿Dónde estaban? No los había visto en todo el día, ¿qué tal el colegio?, ¿les dejaron mucha tarea y por eso los veo hasta ahora? Vengan, ayúdenme a poner la mesa que papá no tarda.
     Al poco tiempo llegó su padre. Los besó y abrazó a cada uno como hacía siempre. Los niños se miraron complacidos y contentos, las cosas habían regresado a su lugar.
    -¿Sabes, Andrea? -le dijo Mario a su hermana-. No sé si esto fue una muy mala broma o si en realidad sucedió, pero lo que sí sé es que yo siempre voy a cumplir con todo lo acordado, jamás volveré a dejar nada tirado ni a olvidarme de mis deberes y responsabilidades.
     -Yo igual, Mario. De ahora en adelante, cada cosa en su lugar.

4 comentarios:

  1. Me ha caído excelente esta historia para promover la reflexión con mi hija de 11 años, a mi me gusto mucho.GRACIAS por compartir.

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