viernes, 7 de marzo de 2014

Un tornillo menos

Para Misael, por los muchos cuentos que leímos juntos y por todas las veces que nos reímos hasta las lágrimas

La mañana del sábado en casa de la familia Reséndiz aconteció un suceso que definitivamente no podía pasar inadvertido. Estaban Toñito, quien era un niño atento y observador, y su hermana Mariela tomando el desayuno: jugo de naranja recién exprimido, huevos estrellados con tocino y pan tostado, cuando, a la mesa del comedor, cayó -¡PLICK!-  un tornillo.
-Pero, ¿qué es esto?  -preguntó Toñito.
-Pues un tornillo -le contestó Mariela.
-Claro que es un tornillo, eso ya lo sé, ¿de dónde vino?
-De tu cabeza –le contestó su hermana como si nada.
-¿Cómo que de mi cabeza?
-Sí, salió por tu oreja, yo lo vi.
-¡No!, eso no es posible, no tenemos tornillos en la cabeza y si los tenemos, no se nos caen por las orejas –contestó Toñito un tanto alterado.
-¡Ay! No es para tanto.
-¿Cómo que no es para tanto?
-No… un tornillo menos no es una gran pérdida. Ya habrás escuchado que a la mayoría de las personas “les falta un tornillo”. Sin ir más lejos: ¿no dice mamá que a la tía Eulalia "le falta un tornillo"?
-Sí, lo dice todo el tiempo -aceptó Toñito.
-Pues ahí lo tienes.
-También dice que el tío Ignacio tiene flojos todos los tornillos de la cabeza, a lo mejor ya se le han caído varios...
-¿Viste? Y ¡míralos!, siempre tan tranquilos y tan felices  -le dijo Mariela.
-Es cierto, no parece que les moleste.
-No, hombre, si no pasa nada, es una cosa de lo más común, no tienes por qué preocuparte.
Mariela, quien ya había terminado de desayunar, llevó su plato, vaso y cubiertos hasta el fregadero para lavarlos. Después de lavarse los dientes, salió a jugar un rato al parque que estaba frente a su casa.
En cambio, Toñito permaneció sentado en su lugar, tomó el tornillo entre sus manos, lo examinó cuidadosamente y se quedó pensando.
El incidente pasó sin más, pero a la mañana siguiente, precisamente cuando se sentaron los hermanos a la mesa a desayunar -¡PLICK!- otro tornillo saltó a la mesa justamente del lado de Mariela.
-¿Pero, qué es esto? –preguntó angustiada Mariela.
-Pues un tornillo  -le contestó Toñito.
-Sí, pero qué hace aquí.
-Se te habrá caído de la cabeza.
-¿Cómo que se me ha caído de la cabeza?
-Sí, seguramente ya lo tenías medio flojo y por eso te ha costado tanto trabajo aprenderte las tablas de multiplicar; pero no debes preocuparte que no es nada del otro mundo  -tarde o temprano- a todos nos pasa  -le dijo Toñito para tranquilizarla.
Pero Mariela no se tranquilizó, al contrario, estaba muy alterada.
-Escúchame bien, Antonio Reséndiz, a mí no se me pueden caer los tornillos de la cabeza.
-¿Y por qué no? ¿De qué privilegios gozas? ¿No fuiste tú quien me dijo que le pasa a la mayoría de la gente y que en nuestra familia podemos contar -por lo menos- con dos casos cercanos? Pues ahí lo tienes, tal como me pasó a mí, a la tía Eulalia y al tío Ignacio: un tornillo menos.
Mariela gritó un larguísimo "¡Noooooooooooooooooooo!" para sus adentros, quería hacer el híper-mega-ultra-requete berrinche de su vida: tirarse al piso, golpearlo duro, hacer una pataleta histórica al tiempo que gritaba despavorida y lloraba a todo pulmón su desgracia a los cuatro vientos. Pero no pudo. No pudo porque tan sólo un día antes, ante el mismito evento se había comportado con la mayor calma e indiferencia del mundo. Claro, se trataba de un tornillo ajeno, no de uno propio.
Se limitó entonces a apartar de sí las torrejas del desayuno y a echarse a llorar desconsoladamente sobre la mesa del comedor.
-Estás haciendo mucho alboroto, ¿no te parece?
Mariela enfureció.
-¡Toño, entiende: se me ha caído un tornillo!  -gritó llorosa y con una ira inusitada agregó-: ¡Y yo hago todo el alboroto que me da la gana, que un tornillo no se cae todos los días!
-Pero si tú misma has dicho que no pasa nada.
-¡No sabemos! -gritó una desconocida Mariela-, sin un tornillo en la cabeza, sólo Dios sabe qué nos pueda pasar; sólo nos queda rogarle y pedirle que se apiade de nosotros-dijo al tiempo que retomaba el llanto.
Entonces Toñito fue corriendo a su cuarto, regresó con una libreta y un lápiz en la mano, se sentó  junto a su muy descompuesta hermana y anotó lo siguiente:
Día de la caída del tornillo de Mariela: 8 de mayo
Primeros efectos observados:
1. Mucho llanto.
2. Furia descontrolada.   
3. Incertidumbre.
4. Repentina búsqueda de Dios y de su misericordia.
-Óyeme, ¿qué estás apuntando? -preguntó sorprendida Mariela.
        -Nada.
-¿Cómo que nada? - preguntó afable.
5. También se observan cambios de humor (atención: posible bipolaridad).
-Haremos un estudio de caso sobre tu problema -respondió Toñito.
-¿No que no era un problema?
-Es que estás dramatizando mucho... tal vez sí sea un problema... un problema gordo... bien gordo.
-¡Oye!
-Haremos una investigación a fondo, observaré todo y apuntaré todos los detalles... tal vez esto nos lleve a...  ¡la cura de la caída de los tornillos! ¿Te imaginas? Podríamos evitar un montón de problemas si llegamos a conocer todo el proceso desde el inicio, pasando por el desarrollo y hasta el fi...  no te preocupes, hermana mía, yo estaré contigo hasta en tus más horribles momentos, en esas horas de angustia, en esos instantes de dolor agudísimo, insoportable, insufrible; yo estaré contigo anotándolo todo en mi libreta, no se me escapará nada y así podremos entender -finalmente- por qué se nos caen los tornillos.
-¿Por qué estás tan loco, Toño?
-Porque a mí también, como a ti, se me ha caído un tornillo.

No había más que aceptar los hechos; después de todo, iba a ser la protagonista de un importantísimo estudio de caso que se titularía: "El tornillo de Mariela", no, mejor: "Vida y milagros de Mariela y su tornillo", ¿o qué tal "Ascenso y caída del tornillo de Mariela"? Sonaba lindo, ¿no? Así bien, Mariela quiso tomarlo con filosofía: “¡Haré mi vida con un tornillo menos! Sí, señor, eso no me detendrá, como no ha detenido a tantos otros a quienes también se les han caído", se decía para sí misma al tiempo que guardaba el recién caído tornillo en la bolsa de su vestido.
Al día siguiente, un lunes, los niños llegaron de la escuela con mucha hambre; en la mesa del comedor ya estaba lista la comida: sopa de verduras, pollo empanizado con ensalada de lechuga, arroz rojo y agua de jamaica. Pues estando los niños a punto de terminar su sopa, cayeron a la mesa -¡PLICK! ¡PLACK!- dos tornillos. Los niños los miraron atónitos. Entonces Toñito sacó  su tornillo, lo llevaba guardado en el bolsillo de su pantalón y Mariela sacó el suyo. Eran exactamente iguales a los que estaban en la mesa. Se miraron sorprendidos. ¿Es que se les estaban cayendo todos los tornillos de la cabeza?
-Si seguimos a este paso  -dijo Mariela-,  pronto nos quedaremos sin tornillos, ¿qué será de nosotros, Toño?, ¿quedaremos locos?, ¿seremos el hazmerreír de la escuela, de la colonia, del mundo entero?
-Nada de eso  -le contestó Toñito, resuelto a resolver el problema-. Los tornillos tienen que estar cayendo de algún lugar y no de nuestra cabeza.
A simple  vista, no se veía de dónde podían venir los tornillos; sin embargo, como ya hemos dicho, Toñito Reséndiz prestaba atención a las cosas que en apariencia no la tenían y con esa capacidad de observación que lo caracterizaba podía resolver cualquier problema. Entonces, Toño alzó la vista hacia el techo del comedor, miró cuidadosamente y descubrió que el candelabro que colgaba del techo, exactamente arriba de la mesa del comedor, estaba de lado. Se subió a la silla  para tener un mejor ángulo de lo que sucedía. En efecto, el candelabro colgaba más de uno de sus lados, al punto que parecía que fuera a caerse.
-¿Qué pasa, Toño?
-Pasa que al candelabro se le han caído cuatro tornillos.

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