miércoles, 11 de mayo de 2016

Tadeo

Tadeo está enfermo
lo delata la sonrisa tartamuda
los ojos que piensan en voz baja
el andar acompasado y fino.

Debe ser un mal del alma
de esos que ningún doctor diagnostica
de los que no quitan las píldoras
ni el estar en cama ni el té de tila.

Así se pasa los días buscándose
fuerzas en los bolsillos
voluntad entre las manos
y razones para el camino.

Yo le sonrío
con el afán de disipar su gesto adusto
de permear su soledad
y con elegancia entrar a su mundo.

Pero no es suficiente
entonces le tiendo mi mano
para que sepa que me tiene
que en medio de tanta ausencia
yo estoy presente
estoy presente.

viernes, 7 de marzo de 2014

Un tornillo menos

Para Misael, por los muchos cuentos que leímos juntos y por todas las veces que nos reímos hasta las lágrimas

La mañana del sábado en casa de la familia Reséndiz aconteció un suceso que definitivamente no podía pasar inadvertido. Estaban Toñito, quien era un niño atento y observador, y su hermana Mariela tomando el desayuno: jugo de naranja recién exprimido, huevos estrellados con tocino y pan tostado, cuando, a la mesa del comedor, cayó -¡PLICK!-  un tornillo.
-Pero, ¿qué es esto?  -preguntó Toñito.
-Pues un tornillo -le contestó Mariela.
-Claro que es un tornillo, eso ya lo sé, ¿de dónde vino?
-De tu cabeza –le contestó su hermana como si nada.
-¿Cómo que de mi cabeza?
-Sí, salió por tu oreja, yo lo vi.
-¡No!, eso no es posible, no tenemos tornillos en la cabeza y si los tenemos, no se nos caen por las orejas –contestó Toñito un tanto alterado.
-¡Ay! No es para tanto.
-¿Cómo que no es para tanto?
-No… un tornillo menos no es una gran pérdida. Ya habrás escuchado que a la mayoría de las personas “les falta un tornillo”. Sin ir más lejos: ¿no dice mamá que a la tía Eulalia "le falta un tornillo"?
-Sí, lo dice todo el tiempo -aceptó Toñito.
-Pues ahí lo tienes.
-También dice que el tío Ignacio tiene flojos todos los tornillos de la cabeza, a lo mejor ya se le han caído varios...
-¿Viste? Y ¡míralos!, siempre tan tranquilos y tan felices  -le dijo Mariela.
-Es cierto, no parece que les moleste.
-No, hombre, si no pasa nada, es una cosa de lo más común, no tienes por qué preocuparte.
Mariela, quien ya había terminado de desayunar, llevó su plato, vaso y cubiertos hasta el fregadero para lavarlos. Después de lavarse los dientes, salió a jugar un rato al parque que estaba frente a su casa.
En cambio, Toñito permaneció sentado en su lugar, tomó el tornillo entre sus manos, lo examinó cuidadosamente y se quedó pensando.
El incidente pasó sin más, pero a la mañana siguiente, precisamente cuando se sentaron los hermanos a la mesa a desayunar -¡PLICK!- otro tornillo saltó a la mesa justamente del lado de Mariela.
-¿Pero, qué es esto? –preguntó angustiada Mariela.
-Pues un tornillo  -le contestó Toñito.
-Sí, pero qué hace aquí.
-Se te habrá caído de la cabeza.
-¿Cómo que se me ha caído de la cabeza?
-Sí, seguramente ya lo tenías medio flojo y por eso te ha costado tanto trabajo aprenderte las tablas de multiplicar; pero no debes preocuparte que no es nada del otro mundo  -tarde o temprano- a todos nos pasa  -le dijo Toñito para tranquilizarla.
Pero Mariela no se tranquilizó, al contrario, estaba muy alterada.
-Escúchame bien, Antonio Reséndiz, a mí no se me pueden caer los tornillos de la cabeza.
-¿Y por qué no? ¿De qué privilegios gozas? ¿No fuiste tú quien me dijo que le pasa a la mayoría de la gente y que en nuestra familia podemos contar -por lo menos- con dos casos cercanos? Pues ahí lo tienes, tal como me pasó a mí, a la tía Eulalia y al tío Ignacio: un tornillo menos.
Mariela gritó un larguísimo "¡Noooooooooooooooooooo!" para sus adentros, quería hacer el híper-mega-ultra-requete berrinche de su vida: tirarse al piso, golpearlo duro, hacer una pataleta histórica al tiempo que gritaba despavorida y lloraba a todo pulmón su desgracia a los cuatro vientos. Pero no pudo. No pudo porque tan sólo un día antes, ante el mismito evento se había comportado con la mayor calma e indiferencia del mundo. Claro, se trataba de un tornillo ajeno, no de uno propio.
Se limitó entonces a apartar de sí las torrejas del desayuno y a echarse a llorar desconsoladamente sobre la mesa del comedor.
-Estás haciendo mucho alboroto, ¿no te parece?
Mariela enfureció.
-¡Toño, entiende: se me ha caído un tornillo!  -gritó llorosa y con una ira inusitada agregó-: ¡Y yo hago todo el alboroto que me da la gana, que un tornillo no se cae todos los días!
-Pero si tú misma has dicho que no pasa nada.
-¡No sabemos! -gritó una desconocida Mariela-, sin un tornillo en la cabeza, sólo Dios sabe qué nos pueda pasar; sólo nos queda rogarle y pedirle que se apiade de nosotros-dijo al tiempo que retomaba el llanto.
Entonces Toñito fue corriendo a su cuarto, regresó con una libreta y un lápiz en la mano, se sentó  junto a su muy descompuesta hermana y anotó lo siguiente:
Día de la caída del tornillo de Mariela: 8 de mayo
Primeros efectos observados:
1. Mucho llanto.
2. Furia descontrolada.   
3. Incertidumbre.
4. Repentina búsqueda de Dios y de su misericordia.
-Óyeme, ¿qué estás apuntando? -preguntó sorprendida Mariela.
        -Nada.
-¿Cómo que nada? - preguntó afable.
5. También se observan cambios de humor (atención: posible bipolaridad).
-Haremos un estudio de caso sobre tu problema -respondió Toñito.
-¿No que no era un problema?
-Es que estás dramatizando mucho... tal vez sí sea un problema... un problema gordo... bien gordo.
-¡Oye!
-Haremos una investigación a fondo, observaré todo y apuntaré todos los detalles... tal vez esto nos lleve a...  ¡la cura de la caída de los tornillos! ¿Te imaginas? Podríamos evitar un montón de problemas si llegamos a conocer todo el proceso desde el inicio, pasando por el desarrollo y hasta el fi...  no te preocupes, hermana mía, yo estaré contigo hasta en tus más horribles momentos, en esas horas de angustia, en esos instantes de dolor agudísimo, insoportable, insufrible; yo estaré contigo anotándolo todo en mi libreta, no se me escapará nada y así podremos entender -finalmente- por qué se nos caen los tornillos.
-¿Por qué estás tan loco, Toño?
-Porque a mí también, como a ti, se me ha caído un tornillo.

No había más que aceptar los hechos; después de todo, iba a ser la protagonista de un importantísimo estudio de caso que se titularía: "El tornillo de Mariela", no, mejor: "Vida y milagros de Mariela y su tornillo", ¿o qué tal "Ascenso y caída del tornillo de Mariela"? Sonaba lindo, ¿no? Así bien, Mariela quiso tomarlo con filosofía: “¡Haré mi vida con un tornillo menos! Sí, señor, eso no me detendrá, como no ha detenido a tantos otros a quienes también se les han caído", se decía para sí misma al tiempo que guardaba el recién caído tornillo en la bolsa de su vestido.
Al día siguiente, un lunes, los niños llegaron de la escuela con mucha hambre; en la mesa del comedor ya estaba lista la comida: sopa de verduras, pollo empanizado con ensalada de lechuga, arroz rojo y agua de jamaica. Pues estando los niños a punto de terminar su sopa, cayeron a la mesa -¡PLICK! ¡PLACK!- dos tornillos. Los niños los miraron atónitos. Entonces Toñito sacó  su tornillo, lo llevaba guardado en el bolsillo de su pantalón y Mariela sacó el suyo. Eran exactamente iguales a los que estaban en la mesa. Se miraron sorprendidos. ¿Es que se les estaban cayendo todos los tornillos de la cabeza?
-Si seguimos a este paso  -dijo Mariela-,  pronto nos quedaremos sin tornillos, ¿qué será de nosotros, Toño?, ¿quedaremos locos?, ¿seremos el hazmerreír de la escuela, de la colonia, del mundo entero?
-Nada de eso  -le contestó Toñito, resuelto a resolver el problema-. Los tornillos tienen que estar cayendo de algún lugar y no de nuestra cabeza.
A simple  vista, no se veía de dónde podían venir los tornillos; sin embargo, como ya hemos dicho, Toñito Reséndiz prestaba atención a las cosas que en apariencia no la tenían y con esa capacidad de observación que lo caracterizaba podía resolver cualquier problema. Entonces, Toño alzó la vista hacia el techo del comedor, miró cuidadosamente y descubrió que el candelabro que colgaba del techo, exactamente arriba de la mesa del comedor, estaba de lado. Se subió a la silla  para tener un mejor ángulo de lo que sucedía. En efecto, el candelabro colgaba más de uno de sus lados, al punto que parecía que fuera a caerse.
-¿Qué pasa, Toño?
-Pasa que al candelabro se le han caído cuatro tornillos.

viernes, 26 de julio de 2013

Cada cosa en su lugar

                                                                    Para Irene y Vera
     Semana tras semana, los domingos en casa de Andrea y Mario transcurrían, entre risas y juegos, más o menos de la misma manera: los niños sacaban todos los juguetes del armario, y cuando digo todos es que eran todos, o sea, no se quedaba ninguno guardado; tapizaban el piso con canicas, muñecas, trompos, yoyos, rompecabezas (desarmados, por supuesto), carritos, pelotas, peluches, trastes, herramientas, patines, cuadernitos para iluminar, crayolas y, bueno, todo lo que se pueda uno imaginar, y así -claro- se pasaban un día muy feliz jugando.
      Empezaba a atardecer y se oía la voz de su papá decir:
     -Niños, empiecen a recoger que ya se está haciendo tarde.
    Pero, ¿cómo iban a recoger? Si estaban en pleno juego ¡y tan contentos! Entonces contestaban:
     -Un ratito más, papi, es que lo estamos pasando muy bien.
     Pasaba “el ratito” y nada de recoger ni una canica; entonces se oía decir a su mamá:
    -Niños, recojan ese cuarto que se hace tarde y mañana hay que ir al colegio.
   -¡El colegio! -exclamaban los niños con cierta sorpresa cuando se les recordaba ese lugar como si no supieran que todos los lunes había clases.
     -Yo tengo que hacer unas cosas -decía Andrea.
     -A mí también me falta hacer algo -comentaba Mario.
     Entonces dejaban todos los juguetes como estaban, o sea, tirados por todo el cuarto para sacar las mochilas e ir a la mesa del comedor a hacer las tareas pendientes. Cuando terminaban las tareas ya era de noche y, como era de esperarse, tenían hambre y estaban cansados.
     -Ya me quiero dormir, papá, estoy muy cansada, hasta mañana -dijo Andrea.
     -Hasta mañana, ¿recogieron los juguetes?
     -No pudimos, papi, pero mañana los recogeremos.
     -Mañana sin falta.
     -Sí, papá.
     Los niños se iban a dormir, como cada domingo, en un cuarto inundado por juguetes de todas formas, tamaños y colores con la promesa de recogerlos el lunes.
    Sin embargo, los niños no se acordaban al momento de hacer la promesa que el lunes era un día sumamente complicado para ellos: después del colegio tenían clases de natación y de piano, eventos que los dejaba bastante cansados como para ponerse a recoger el cuarto, eso sin contar que había que hacer las tareas, merendar y ver su programa de televisión favorito. Llegaba la noche y entonces los niños iban a dar las buenas noches a sus papás:
     -Buenas noches, papi; buenas noches, mami.
     -Buenas noches -respondió su papá-, ¿recogieron el cuarto?
   -No pudimos, tuvimos muchas cosas que hacer -contestó Andrea-, pero mañana sin falta lo haremos.
     -Andrea y Mario, mañana sin falta.
     -Sí, papi -contestaron los niños.

    Pero el martes también tenía sus complicaciones y sus compromisos y, como sucedía siempre, el arreglo del cuarto no podía llevarse a cabo. Así pues, se terminaba otro día:
     -Buenas noches -dijeron los niños.
     -¿Recogieron el cuarto? -preguntó su papá.
     -No -contestaron los niños con cierta vergüenza.
  -Pero, ¿en qué habíamos quedado? -preguntó su papá-, ustedes se comprometieron a recogerlo y ya saben que los compromisos se tienen que cumplir.
     -Sí -dijo Mario-, lo sabemos, pero es que....
     -Es que qué...
     -La verdad es que se nos olvida.
     -¿Se les olvida?, ¿cómo se les puede olvidar?
     -Sí -contestó Andrea-, no nos acordamos de eso...
   -Escuchen bien: los compromisos no se nos pueden olvidar jamás. Si ustedes se olvidan de lo que han acordado conmigo es como si se olvidaran de mí, ¿entienden? Cumplir con nuestros compromisos y nuestras responsabilidades es una manera de decirles a las personas que las queremos, que las respetamos y que nos importan, eso nos une con ellas, el no cumplirlos nos aleja, ¿lo comprenden? Imaginen que nosotros dejáramos de cumplir con nuestros compromisos y responsabilidades de padres, eso sería tanto como que nos olvidáramos de ustedes. ¿Se imaginan eso? Piensen en qué pasaría si nos olvidáramos de ustedes.
     -Lo haremos mañana sin falta, papi -dijo Andrea.

    A pesar de las buenas intenciones de los niños, el miércoles pasaron una película que Andrea quiso ver y a Mario se le fue el tiempo jugando videojuegos; cuando se dieron cuenta ya era hora de ir a la cama a descansar en un cuarto que pedía a gritos un poco de orden.
     Entonces sucedió algo extraordinario.
     -Buenas noches, papá -dijo Mario.
     -¡Uy! -saltó del susto el papá de los niños-, ¿tú quién eres?
     -Papá, no es gracioso, soy Mario.
     -¿Mario?, ¿qué haces en mi casa?, ¿cómo entraste?
     -Aquí vivo, contigo.
     -No, ¿Mario, dices? Estás equivocado, lo mejor será que te vayas a tu casa, ya es un poco tarde y tus padres podrían estar buscándote.
     -Qué simpático, tú eres mi padre.
     -No lo soy.
     -Para con esto, papá, no es chistoso.
     -Lo siento, niño, no pretendo ser chistoso, pero es que yo no soy tu padre, de hecho, mi esposa y yo no tenemos hijos, vete a tu casa de una vez.
      En eso llegó Andrea a despedirse, venía de lavarse los dientes.
     -Hasta mañana, papi.
     -Pero qué es esto, ¿qué broma es ésta?, ¿de dónde has venido tú?
     -De lavarme los dientes.
    -Pero ¿qué hacen los dos aquí?, ¿quién se creen que son? A su casa ahora mismo antes de que me enfade y llame a la policía.
     Mario y Andrea pensaron que su papá les estaba jugando una broma que a decir verdad no era nada graciosa. Pensaron que era su manera de hacerles ver su molestia por no haber recogido el cuarto como habían quedado. Lo tomaron entonces como un regaño al que no le dieron demasiada importancia y se fueron a dormir a su desordenada habitación.
     Al día siguiente se levantaron corriendo para irse al escuela, les extrañó mucho que su mamá no hubiera ido a darles el beso de los buenos días como acostumbraba, pero pensaron que sus padres aún estaban un poquitín molestos porque los juguetes seguían tirados como de costumbre.
     -Mario -dijo Andrea- hoy sí, a como dé lugar, tenemos que recoger el cuarto. No me gustó nada la forma en que nos trató papá ayer, ¡mira que decir que no éramos sus hijos!... me sentí horrible.
    -Sí, yo igual, me dijo que me fuera a mi casa con una seriedad aplastante, ni una mueca de risa en la cara; creo que ahora sí lo hemos disgustado en serio. En cuanto regresemos del colegio recogemos todo y dejamos este cuarto como si no hubiera pasado nada.
     -¡Vale!

     Los niños entraron a la cocina para tomar el desayuno y más les sorprendió que en la mesa no hubiera nada, o sea, no había nada de nada, vaya, ni siquiera estaba puesto el mantel.
    -¿Pero qué es esto? -exclamó Mario. Esto ya es demasiado, no nos tienen comida, ¿qué se pretende, que nos muramos de hambre?
     -¿Pero también mamá? Jamás lo habría creído de ella... esto ha ido demasiado lejos.
     -¿Qué haremos?
    -Lo dicho: arreglaremos el cuarto en cuanto lleguemos del colegio. Ahora vámonos que se nos hace tarde.
   Los niños se marcharon al colegio y todo el día lo pasaron con cierta angustia. No podían creerse este comportamiento de sus amados padres, es que simplemente no entendían. Es cierto que el cuarto estaba tirado, pero tan tirado como otras tantas veces en que su mamá terminaba por recogerlo todo, ¿qué había cambiado ahora?
     Mario y Andrea llegaron a su casa, tocaron la puerta, pero no abrió nadie. Se miraron desconcertados. ¿Sería posible que no estuviera su madre esperándolos con la mesa puesta y la comida servida? ¡No!
     Se cansaron de tocar, era inútil, no abría nadie. Tal vez, ciertamente, su madre no estaba; tal vez se le había presentado una emergencia... ¿pero ni una nota?
      Los chicos no supieron qué hacer, se sentaron afuera de la casa a esperar a que llegaran sus padres con una explicación. Pasaba el tiempo y no llegaba nadie, aburridos sacaron sus tareas para hacer más corta la espera. Ya casi entrada la noche se presentó su madre, venía muy guapa y alegre. Al verlos sólo dijo:
     -Con permiso, chicos, están obstruyendo la puerta de mi casa, ¿podrían hacerse a un lado?
   -¡Mamá! -gritó Andrea-. Nos morimos de hambre, tenemos horas esperándote. Por favor, ya perdónanos y danos de comer.
    -Pero, ¡qué dices, niña! Si yo no tengo hijos. Vamos, vayan a su casa a que los atienda su madre.
      -¡Tú eres nuestra madre! ¿No te acuerdas de nosotros?
     -Pero qué cosas dicen, si ya les dije que yo no tengo hijos y de verdad que nunca los había visto.
     Andrea se echó a llorar y Mario se puso a consolarla.
     -Vamos, vamos, no se pongan así, si tienen mucha hambre, entren conmigo y les prepararé algo.

     Los niños entraron a la casa, se fijaron que la mesa seguía sin mantel, tal como estaba en la mañana.
     -Voy a preparar algo para comer, pueden ir a lavarse y ver la televisión en lo que tengo todo listo. Vayan.
     Entonces, Andrea y Mario aprovecharon para ir corriendo a su habitación a recoger todo con una rapidez y una eficiencia sorprendentes. En cuanto terminaron se dirigieron a la cocina. Al llegar, su madre los abrazó con su habitual dulzura.
    -¿Dónde estaban? No los había visto en todo el día, ¿qué tal el colegio?, ¿les dejaron mucha tarea y por eso los veo hasta ahora? Vengan, ayúdenme a poner la mesa que papá no tarda.
     Al poco tiempo llegó su padre. Los besó y abrazó a cada uno como hacía siempre. Los niños se miraron complacidos y contentos, las cosas habían regresado a su lugar.
    -¿Sabes, Andrea? -le dijo Mario a su hermana-. No sé si esto fue una muy mala broma o si en realidad sucedió, pero lo que sí sé es que yo siempre voy a cumplir con todo lo acordado, jamás volveré a dejar nada tirado ni a olvidarme de mis deberes y responsabilidades.
     -Yo igual, Mario. De ahora en adelante, cada cosa en su lugar.