lunes, 14 de mayo de 2012

El gato bilingüe


Para el maestro Francisco Javier Rosas Hernández con agradecimiento y cariño 
            En una ranchería no muy lejana de la ciudad, los animales se reunían al atardecer para platicar un rato antes de dormir; del corral salían las gallinas cuidadas por el gallo, las ovejas observadas por el perro, la vaca y el cerdo, y entre todos ellos, sin razón aparente, apareció  un gato negro.
Esa tarde, como tantas, en la que los animales, contaban las anécdotas del día, como que –por ejemplo- la vaca había encontrado una mariposa con unos colores maravillosos mientras comía; las ovejas hablaban de la belleza del atardecer que habían contemplado en compañía de su pastor; las gallinas comentaban sobre la impecable organización de las hormigas; el cerdo señalaba la ligereza con la que los pájaros tomaban agua de los charcos. El gato negro escuchaba sin decir nada. Los animales se dieron cuenta inmediatamente de la presencia de aquel visitante y como eran educados en extremo sintieron como muestra de descortesía no preguntarle al gato negro cómo había estado su día.
            El gato maulló una respuesta inesperada:
            -Pues mis queridos animaleishons: vaqueishon, ovejeishons, cerdeishon, gallineishons, galleishon y perreishon, a mí gustarme quedarme dormido y descansar porque yo pasear en la nocheishon.
            ¿Qué dijo?, se preguntaron los animales, ¿en qué idioma habla? No entendemos nada.
            -Oh, mis queridos amigueishons, esto ser inglés, un idioma que hablar muchos millones de personas en el mundo; como ven yo ser un gateishon bilingueishon, o sea, traducido al español, yo ser un gato bilingüe.
            -Bilin… ¿qué?
            -Bilingüe, yo hablar dos idiomas: inglés y español.
            -¿Español dices? Oye, pues hablas un español muy raro, ¿no te parece?
            -Oh, es porque yo vivir muchos años en otros países del mundo donde hablar inglés y el español se me confunde un poco, pero no preocupeishon, yo poder mejorar. Lo importante es que yo hablar inglés, un idioma indispensable en la vida… y ustedes… no.
            Los animales se miraron los unos a los otros con cara de angustia, pero qué barbaridad, ellos no sabían nada de inglés, casi ni entendían lo que les decía el gato, ¿cómo habían podido vivir así tantos años?
            -¿Y dices que es un idioma importante?  -le preguntó el cerdo.
            -Oh, amigueishon, es el idioma más importante.
            De nueva cuenta, los animales se sintieron mal, muy mal, su falta de conocimientos de la lengua inglesa los avergonzaba.
            El gato los miró satisfecho, el hecho de saber algo que los demás no sabían le daba poder:
            -Si ustedes querer, yo poder enseñarles inglés a cambio de comida.
            -¿De verdad? -preguntaron los animales entusiasmados-, ¿tú podrías enseñarnos?
            -Claro, yo ser un maestreishon calificado, o sea, un gran maestro. Ustedes pagar mis servicios con la mitad de su comida y yo enseñar inglés.
            Los animales estuvieron de acuerdo, sufrirían la pérdida de la mitad de su alimento, pero pensaron que algún sacrificio tenían que hacer a cambio de aprender el idioma más importante del mundo.
            Al día siguiente, cada uno de los animales separó su alimento en mitades: una mitad para ellos y otra para el gato. El gato comió mucho, muchísimo, tanto que casi no se podía mover; en cambio, los animales se quedaron con hambre y en consecuencia, escuchaban sus tripas tronar como nueces.
            -Bien  -dijo el gato, después de un rato de haber reposado la comida-, ser hora de la clase de inglés. Ustedes venir, la lección de hoy ser aprender a decir hola, repitan: holeishon.
            - Holeishon  -repitieron los animales a coro.
            -Muy bien  -dijo el gato-,  otra vez.
            - Holeishon.
            -Perfecshon  -dijo el gato-.  Esto ser todo por hoy, yo no querer dar a ustedes demasiada información porque entonces ser mucho y ustedes no aprender nada. Hasta mañana, amigueishons.  No olvidar practicar el inglés.

            Los animales salieron de la clase de inglés felices, pensaron que por fin estaban aprendiendo algo importante; practicaron hasta el cansancio su nueva palabra:
            - Holeishon, vaca.
            - Holeishon, oveja.
            - Holeishon, gallo.
            - Holeishon, cerdo.
Así terminaron el día: hambrientos, pero satisfechos con el conocimiento que estaban adquiriendo.
No obstante, despertaron un poco cansados, les costó trabajo abrir los ojos, sentían un vacío estomacal.
Determinados a aprender inglés, una vez más, como lo habían hecho el día anterior, separaron la comida en dos porciones iguales y sólo ingirieron una de ellas.
El gato comió sus porciones con dificultad, es que se trataba de mucha comida, pero, haciendo un gran esfuerzo, se lo comió todo.

            Después de una siesta que le asentó tanto alimento, llamó a los animales a su clase de inglés:
            -Ustedes venir que ya es hora de la clase.
            Los animales se acercaron gustosos, ¿qué palabras nuevas aprenderían hoy?
            -Hoy yo enseñar la palabra adiós, repitan todos: adioseishon.
            - Adioseishon.
            -Muy bien. Una vez más.
            - Adioseishon.
            -Perfecshon. Eso ser todo por hoy. Nosotros vernos mañana, adioseishon amigueishons.
            Los animales tenían mucha hambre, a algunos les dolía la cabeza, a otros el estómago; para olvidar sus malestares practicaron sus dos nuevas palabras.
            -Holeishon, perro; ya me voy, adioseishon.
            - Adioseishon, perro; holeishon, gallina.
            Y así lo hicieron hasta que se quedaron dormidos.
            La mañana siguiente amanecieron  débiles y cansados, la falta de alimento les estaba ocasionando problemas serios.
            -Debemos hablar con el gato  -dijo el cerdo-, tal vez acceda a un trato más justo: quitarnos la mitad de nuestra ración es demasiado, ¿por qué no le proponemos darle una cuarta parte de nuestra comida?
            -Suena razonable  -dijo la vaca-, además él ya casi ni puede caminar de lo abultada que tiene la panza, casi roza el piso; si sigue comiendo así, se va a morir.
            -Y nosotros  -dijo el perro-, si continuamos con esta dieta tan restringida, también nos vamos a morir. Aprender es importante, cierto; pero comer es fundamental.
            Los animales sentían que la razón los acompañaba y confiados en este hecho fueron a hacerle saber al gato sus pensamientos, pero el gato era difícil de convencer.
            -Oh, amigueishons, yo no poder hacer eso que ustedes querer: un trato ser un trato y deber respetarlo. Si ustedes querer aprender inglés, tener que pagar lo acordado; el inglés ser un idioma caro.
            La negativa del gato dejó tristes a los animales, ¿cómo podían continuar con su educación bilingüe a un precio tan alto?
            Decidieron que debían pensarlo mejor, hacer una reflexión profunda. Mientras tanto, cada uno fue a sus faenas: las ovejas a los prados, las gallinas al corral, el cerdo entre los charcos… y ahí en los charcos que usaban como fuente los pájaros fue que  uno de ellos notó el malestar del cerdo.

            -¿Qué te pasa? –le preguntó el pajarito.
            -Estoy triste.
            -¿Por qué?
            -Pues, es que… ¿conoces al gato negro?
            -Sí  -contestó el pajarito.
            -Bueno, pues él es bilingüe, habla inglés y español; el inglés es el idioma más importante del mundo y nos lo está enseñando, pero ya no podemos seguirle pagando, quiere que le demos la mitad de nuestra comida y a causa de la falta de alimento nos sentimos débiles. Yo quisiera seguir aprendiendo, me ilusiona mucho hablar en inglés; pero no puedo dejar de comer, enfermaría.
            -¡Vaya!  -dijo el pajarito-, con qué el gato es bilingüe y les pide la mitad de su comida. Espera aquí, creo que puedo ayudarte a solucionar ese problema.
            El pajarito salió volando de prisa y en unos momentos llegó con otro pájaro de pecho rojo.

-Cerdo, éste es mi tío Juan, acaba de llegar del extranjero, ha vivido allá muchísimos años y habla inglés; tal vez él podría enseñarles a un precio moderado.
-Eso sería maravilloso, ¿podría usted hacer eso, señor Juan? ¿Podría enseñarnos?
            -Claro, será un placer.
            -¿Qué pide a cambio?
            -¿Qué te parece veinte granos de alpiste por clase?
            -¡Perfecto! Suena muy razonable, voy a decírselo a los demás, en un momento vengo, adioseishon.
            -¿Adioseishon?
            -Sí, adioseishon, es una palabra en inglés, usted seguro que la ha oído, significa adiós.
            -Discúlpame, cerdito, pero adioseishon no significa adiós, de hecho, creo que no significa nada, nunca había oído esa palabra.
            -¿Que no significa nada? ¿No es una palabra en inglés?
            -No.
            -¿Está usted seguro?
            -Completamente, adiós en inglés se dice good bye.
            -¿Qué tal holeishon?
            -Tampoco la había escuchado.
            -Pero, ¿no significa hola?
            -No, hello  significa hola.
            -¿Cómo? Ese gato nos ha estado viendo la cara: engañándonos, mintiéndonos y encima de todo nos ha quitado nuestra comida.
            El cerdito corrió a decirles a los demás animales lo que pasaba. Cuando lo supieron los otros se enojaron mucho. 
            -¡Qué gato este tan más tramposo!  -dijo la vaca.
            -Se ha burlado de nosotros a sus anchas.
            Pensaron en que debían darle una lección al gato, se debatían entre varias ideas que le enseñaran al gato que lo que había hecho con ellos estaba mal. Para ajustar cuentas, lo mandaron llamar; al encuentro también acudieron el pajarito y su tío, el señor Juan.
            -Gato –dijo el perro-, queremos presentarte al tío de nuestro amigo el pajarito, él habla muy bien inglés y ya que tú también lo hablas, puedes conversar con él.
            El pájaro Juan empezó a hablar en inglés, parecía que le hacía preguntas al gato, pero él no le contestaba nada.
            -¿Qué pasa, gato, te comió la lengua el ratón? ¿Por qué no saludas al señor diciéndole holeishon,  como nos enseñaste?
            El gato no dijo nada, fue el tío Juan quien dijo:
            -Este gato, o es mudo, o no habla inglés.
            -Pues mudo no es porque nosotros lo hemos oído hablar  -señaló el gallo.
            -Entonces no sabe hablar inglés… ¿o sí sabes, gato?
            El gato movió la cabeza expresando negación.
            -Muy bonito, entonces no hablas inglés, ¿nos mentiste?
-Sí  -dijo finalmente el gato-, no hablo inglés.
            -¿Por qué mentiste?
-Porque yo quería que pensaran que sí he viajado y… que soy importante.
-Todos somos importantes  -dijo la gallina-, no tenías que haber mentido.
-Es que yo quería ser más importante que ustedes, pensé que si hablaba el idioma más importante del mundo, entonces…
            -Un momento –dijo el tío Juan-, perdón que los interrumpa, ¿pero cómo está eso de que hay un idioma más importante? Discúlpenme, pero eso es incorrecto: todos los idiomas son importantes, todos son valiosos y dignos de aprenderse. Por ejemplo, nuestro idioma, el español, es la lengua, después del chino mandarín y el inglés, más hablada en el mundo, por lo que debes estar muy orgulloso de hablar español, gato, y por lo mismo, debes hablarlo lo más correctamente posible.
            El gato, en su situación de culpable, se dejó regañar. Pero el comentario del tío Juan fue más que un regaño, fue una llamada de atención para todos.
            -Señor Juan, disculpe, ¿entonces el español es un idioma importante? -preguntó el cerdito-, ¿hablo una lengua importante?
            -Sí, amigo cerdo, debes sentirte afortunado, muchos millones de personas y animales en el mundo desean aprender español y tú… ya lo hablas.
            -¡Pero, qué suerte!  -exclamó el cerdo.
            Los demás animales también se alegraron de hablar español… una lengua tan importante.
            -Yo tengo una pregunta  -dijo la vaca-: señor Juan, ¿es entonces bueno aprender inglés? Si ya hablamos un idioma tan importante como el español, ¿para qué queremos aprender otro idioma?
            -Contestando a tu pregunta, vaca, te puedo decir que aprender cualquier idioma es muy bueno y deseable, mientras más puedas aprender, mejor. En cuanto al inglés, te puede servir para hacer negocios.
            -O cuando hables con extranjeros  -dijo el perro.
            -O cuando viajes en un crucero…
            -Qué tal si quisieras ser cantante y quisieras cantar en inglés….
-O ser famosa y dar entrevistas…
            -Vaya, entonces sí quiero aprenderlo  -dijo la vaca.
            -En cuanto a ti, gato…
-Siento haberles mentido –dijo el gato- y haberles quitado su comida, merezco un castigo, pero por favor, dejen que me quede aquí en la ranchería, yo expiaré mi falta: haré mandados, quehaceres, favores, todo lo que me pidan.
            Los animales, quienes se caracterizan por su nobleza, aceptaron; dejaron que el gato se quedara e hiciera trabajos de todo tipo y lo mejor de todo… el tío Juan les dio clases de inglés a todos a cambio de veinte granos de alpiste.

jueves, 1 de marzo de 2012

De oriente a occidente

Fue cosa de leer mi horóscopo -el chino porque es el mejor-, un acto inocente, sólo quería saber qué me depararía el año entrante. Cosa curiosa porque la realidad es que yo no creo en eso, pero por no dejar lo busqué por Internet. Primeramente, la página desplegó, a manera de prólogo, una serie de bondades de mi signo. Como se sabe, los signos chinos están representados por animales y están determinados por el año de nacimiento, en mi caso es el perro, es decir, soy un perro, me imagino que se utiliza sólo en masculino, porque no se oye nada bien decir: soy una perra.

Pues decía yo que el horóscopo enlistaba una cantidad considerable de atributos y bondades de los perros, o sea, de mi signo, es decir, de mí -todas ciertas, por cierto- y se me anunciaba que realizaría -por fin- el viaje que siempre había soñado. Hice un alto… el viaje que siempre había soñado. ¡Vaya!, ¿qué viaje era ése? El horóscopo me puso a pensar, sépase de una vez que nada más oír la palabra viaje y me alboroto toda, es que no suelo viajar mucho –más bien nada- y es algo que me encanta, lo que más disfruto y quiero en esta vida; no soy pretensiosa, con cualquier cosa me conformo: viaje es para mí ir a Acapulco, a Veracruz, vaya, hasta a Cuernavaca; no exagero si digo que tengo más de quince años queriendo ir a Taxco que está a sólo tres horas en coche saliendo de la capital mexicana. Así que el viaje que siempre había soñado no me esclarecía gran cosa porque yo quiero ir a todos lados, me sueño hasta en Tepeji del Río; viaje es para una servidora ir a las pirámides, al zoológico -aunque esté lleno de gente-; todos los viajes son soñados para mí, yo sueño y respiro viaje. Sin embargo, para que el horóscopo lo anunciará, así, como el acontecimiento, lanzármelo al ahí te va, es porque se trataba de un viaje gordo, un viaje importante y con importante quiero decir internacional, un viaje que requiere -nada más decirlo y se me pone la piel de gallina- de un pasaporte, documento faltante en mi historial de documentos.

Un viaje que, afortunadamente, no realizaría sola porque da la casualidad que mi esposo también es un perro, es decir, perro, puesto que me lleva doce años y los signos zodiacales chinos se repiten cada doce años, por lo que él también estaba incluido en el viaje soñado. Él, mi marido, no cree en nada de esas cosas, pero cuando le dije: Qué crees, amorcito, que nos vamos de viaje, como que se le afinó la mirada, se le animó el ritmo cardiaco –de tango le cambió a cumbia- y se le dibujó una sonrisa –clarísima- en la cara, que ya le había cambiado de color y eso que todavía ni salíamos de México.

¡Pobrecito! Al principio pensó que nos habíamos ganado un viaje en un sorteo o algo parecido. No, vidita, le contesté, cómo va a ser eso posible si nosotros ni a las canicas jugamos. Pero, mujer, me dijo, de dónde sacas entonces que vamos a viajar. Querido, le contesté, los chinos se las traen, mira que son una cultura milenaria, ven cosas que tú y yo nomás no podemos ver, si ellos dicen que nos vamos, es porque nos vamos.

No quiso discutir, característica de nosotros los perros: no nos gusta armar alborotos. Se fue a descansar, lo fui a tapar hasta las orejas –como a él le gusta-, mientras que yo pensaba en cómo le podíamos hacer, qué podía vender para irnos de viaje, pero realmente no había nada, no se trataba tampoco de vender nuestro modesto y básico mobiliario, nuestro escaso guardarropa o pedir dinero prestado para quedarnos en una casa vacía, en cueros y endrogados de por vida.

Claro que, matrimonio y mortaja… o lo que es lo mismo, un viaje anunciado por los orientales encuentra la manera de hacerse realidad y digo esto porque yo nunca he sido de meterme en casa de las vecinas, ni de estarme tomando el cafecito con nadie, pero una vecina que recién acababa de mudarse al edificio me invitó a su casa y, raro en mí, accedí; estando las dos sentadas en su comedor con una humeante taza de café en nuestras manos, me vine a enterar de que Liduvina Palacios (así se llama nuestra vecina) trabaja en una agencia de viajes (ya nos estábamos acercando a la profecía, quiero decir a la predicción astrológica china) y de que las empleadas de la agencia tienen acceso a las mejores ofertas y que encima les hacen un descuento adicional. No soy interesada y estoy muy lejos de ser convenenciera, pero a partir de ese momento empecé a visitar con prodigiosa frecuencia a Lidu, como cariñosamente comencé a llamarla.

Al paso de algunos días, Lidu y yo nos hicimos inseparables y fue entonces cuando me atreví a contarle que habíamos sido objeto de un pronóstico casi divino: ella y yo en acción conjunta daríamos cauce y cabida a los deseos astrales, éramos nosotras simples instrumentos de una fuerza superior, una visión universal -cósmica- que de ninguna manera podíamos desobedecer, así que si ella, Lidu, había sido escogida para llevarlo a cabo, no podía negarse, sino al contrario: aceptar el cargo con orgullo y obediencia.

Mis palabras la conmovieron, eso y que la misión la elevaba a un rango mucho muy superior al que ella hubiera podido haberse trazado. Así pues, nos invitó a la agencia de viajes; mi marido y yo acudimos en una tardecita en la que nos enseñó libros, revistas, posters y fotografías de lugares que ni siquiera sabíamos que existían; nos hizo recomendaciones y presupuestos de, por lo menos, treinta itinerarios diferentes.

No, es muy complicado, le dije en plena mortificación, es imposible que me decida, Lidu, no sé qué escoger. Lidu tenía cara de cansada, iban a dar las nueve de la noche y estábamos peor que al principio: con el mundo entero para escoger y ni atisbo de ningún destino. ¿Para qué te alcanza?, me preguntó, ¿cuánto tienes? Porque, ¿tienes algo, verdad?

Ay, Lidu, así como tener, no; pero si los chinos dicen… y con tu descuento… y la credencial del INAPAM de mi marido… a lo mejor lo podemos pagar en plazos, unos veinte o treinta, yo te firmo unas letras, pero mira, no seas mala, no sea que se vayan a enojar los astros…

Lidu suspiró, les voy a prestar mi tarjeta de crédito, me dijo tan generosa, voy a ver si puedo conseguir que lo puedan pagar a dieciocho meses sin intereses.

Que no se diga más, Lidu, le contesté.

Salimos complacidos, mi marido aliviado sólo comentó: Ah, qué simpática es esta Lidu.

Revisé cada uno de los folletos que Lidu nos dio, qué lindo es el mundo, tantas cosas que ver y sólo una oportunidad de viajar; gracias a los chinitos me documenté y supe de la belleza de nuestro planeta: Fidji, el Taj Majal, Río de Janeiro, Florencia, Paris, Praga, Moscú, Estambul, el Caribe. No terminaba de ver fotos, de leer artículos, el viaje estaba demandando demasiado de mí, el tiempo se me iba en investigar: ¿cuál de todos esos bellísimos lugares era el indicado por los astros? ¿Y cómo saberlo? Después de algunas semanas de sólo pensar en el anunciamiento astral, se me ocurrió preguntarle a una mujer que leía la mano cerca de mi casa y que –por sólo quinientos pesos- me contestó: Ve al lugar en donde nace el sol.

Nos vamos a China, le quise decir a mi marido cuando llegué a casa, vamos a visitar a los gestores del viaje.

Pero mi marido no estaba, me dejó una nota en la que decía que se había ido con Lidu a las Filipinas.

miércoles, 4 de enero de 2012

Azul celeste

No fue que Laureano Hinojosa naciera con los pies por delante, como lo hizo, ni que tuviera dos dedos índices en la misma mano, como los tenía, lo que lo convirtió en leyenda. Fue que Laureano Hinojosa, hijo de Tomasa Palacios y de Austero Hinojosa, puso a su pueblo en el mapa, dándole una importancia que no le había dado nadie.

Un niño flaco, pero nada descomunal; enfermizo, como cualquiera, padecía de enfermedades típicas de la infancia: anginas, diarrea, bichos en la barriga, nada fuera de lo común.

Jugaba fútbol –en ese pueblo, ¿quién no le daba al balón?-, cascareaba, no era bueno, pero se divertía. Después de uno de esos partidos, en el que jugó de portero y los contrarios le metieron una goliza de aquellas, llegó con la cara pasmada y la mirada diluida a su casa, cargando con quién sabe cuántos futbolistas olvidados en el fracaso, no quiso ni comer ni tomar nada, se fue derechito a la cama, y así, en un sueño profundo, fue que de tan dormido ya no despertó, su mamá, doña Tomasita, lo movió, primero suavemente, con cuidado, para después zarandearlo duro, con la fuerza suficiente como para regresarlo, pero el niño no respondió; le tocaron el pecho, estaba frío y tieso como una piedrita de río.

Los rosarios con sus rezos se metieron a la casa de los Hinojosa llevados por las viejitas del pueblo. Se acompañaban el llanto con la plática, recordaron aquel año en el que Laureano había nacido y que como renacuajo salió de Tomasa, ¿cómo es que ni un niño tiene la vida segura?, ¿cómo es que en todos –esto: la vida- es de una fragilidad absoluta?

El único médico que había en el pueblo estaba ocupado en el alumbramiento de otra criatura, una que llega y otra que se va, se oyó decir por una voz cascada por el tiempo y la circunstancia, aunque no necesitaban de un galeno para que les dijera lo que estaba clarísimo: Laureano ya no respiraba. Pero, por órdenes de Isauro Sierra, el presidente municipal, no se podía desplazar ningún cuerpo sin la autorización del doctor, que nomás se desocupara del parto, lo esperaban en casa de Candelaria Esparza que tenía enfermo a su perro Timoteo, el cual era considerado como de la familia.

El cuerpo de Laureano esperaba la visita del médico, mientras permanecía acostado en su cama, con las viejas rezando en retahíla a su alrededor y su mamacita sirviéndoles café.

Acostado, tan quieto, daba tal sensación de paz al que lo miraba que todos los ojos estaban puestos en él, contemplación que los hizo testigos de un milagro: Laureano Hinojosa revivió y, como si fuera poco, levitó. Se paseó por la habitación sin que sus pies tocaran el suelo, como un angelito volando; flotando por los aires regresó a su cama y cuando su cuerpecito volvió sobre las sábanas se estiró y bostezo. ¡Alabado seas!, dijeron las presentes a coro, regocijadas entendieron que estaban ante la presencia de un ser superior. Enseguida se postraron ante él, con cánticos de júbilo lo adoraron; quisieron tocarlo para llenarse con su luz, pero Tomasa –aún perpleja por lo ocurrido- no se los permitió. Asustada, las sacó de la casa para encerrarse con Austero y con el niño.

La gente, sin embargo, reclamaba lo propio: un santo es de todos. Los siguientes días se plantaron afuera de la casa de los Hinojosa, hicieron guardia de día y de noche, en fila esperaron su turno para dejar, en la puerta o donde se pudiera, su ofrenda al niño: flores que cubrieron la entrada, cazuelas con guisados, canastas con fruta, cestos con pan dulce, jarras de agua fresca y dulces típicos envueltos en papeles de colores. Tomasa y Austero se dieron cuenta de que era un error guardarse, guardarlo. Del niño que rompía los pantalones barriéndose en la tierra para impedir la entrada del balón en la portería, poco o nada quedó; Laureano dejó de ser ese niño que iba uniformado a la escuela, en su nueva faceta lo vistieron de blanco, dejó de salir a la calle y, en consecuencia, su piel morena palideció.

Con la fuerza que generó la veneración, la buena nueva caminó y de otros pueblos, cercanos y lejanos, llegaron los crédulos como en oleadas, barriendo la casa de los Hinojosa; tal fue la afluencia que hizo falta organización, por eso fue que se instituyeron días y horarios para visitarlo; días de adoración; días de petición, en los que uno -de rodillas- iba hasta él para hacerle alguna solicitud; días de sanación, en los que el santo niño postraba las manos sobre los enfermos para curarlos.

Los visitantes llevaron regalos, a Tomasa le llenaron las manos de besos y los oídos con palabras de agradecimiento por haber traído a este mundo -impío y necesitado- un ángel. El pueblo también agradeció su presencia, en esa época de constricción económica, devaluaciones e inflación, el santo niño fue la manera de sobrevivir. Los que venían de lejos, además de ver al niño, precisaban prolongar la experiencia, un souvenir, como decían entre ellos: retratos, estampas, figuras, cuadros, cofres, medallas y botellitas con agua bendecida por él. El pueblo, de productor de macetas de barro, pasó a ser manufacturero de recuerdos.

Hubo que hacer, empero, al paso del tiempo, algunos cambios y es que el niño, dejó de serlo: se estiró de una manera poco usual, sus huesos se ensancharon, las facciones se pronunciaron, las vellosidades brotaron vigorosas y la voz le engrosó. Por ende, la producción comercial, que en torno a él se hacía, tuvo que ser ajustada a esta transformación.

Sólo fue el principio de una transición que no se sabía cómo resultaría; el joven, aquél que fue bautizado como Laureano Hinojosa, se hizo hombre. Un hombre corpulento y seductor. La recién adquirida galanura duplicó su fama. Por ese entonces se le hizo responsable de varios milagros, la gente aseguraba que había hecho caminar a una anciana que desde hacía más de quince años estaba postrada, se decía también que le había devuelto la salud a un enfermo terminal y que, con sólo verlo, la vida de cualquier individuo mejoraba diametralmente.

Entonces, a los seguidores ya no les bastó con visitarlo en el horario asignado, siendo él la razón de su existencia, muchos de ellos cambiaron su residencia al pueblo, los que tenían posibilidades de hacerlo compraron casa y los que no, acamparon en la calle; no les parecía suficiente el tener a un ángel entre ellos, esperaban un milagro de mayor envergadura. Dentro de este círculo se armó una comitiva, es decir, un selectísimo grupo de señoras –doctas, según ellas, en este tipo de situaciones- que decidían sobre las acciones a seguir del joven. Tomasa, que en un principio había establecido las reglas, fue relegada a un rango menor, se le reconocía, sí, como el vaso gestor del ángel, que para todos quedaba claro que había tenido una importantísima función, pero su tarea ya había terminado y ahora debía ceder el lugar a personas con, cómo decirlo, mayor conocimiento, con estudios sobre algo tan delicado como la llegada de un ser de luz. Austero y Tomasa se replegaron en ellos mismos, dejando a su hijo en manos de quienes así lo reclamaban.

Las señoras, acompañadas generalmente de sus hijas, empezaron a encargarse por completo de su cuidado, se le daban baños de esponja ya que empezó a circular el rumor de que el contacto prolongado con el agua podía dañarlo; se le alimentaba exclusivamente con frutas y no se le dejaba sólo en ningún momento, siempre habiendo alguna mujer que se ocupara de él. En espera del gran milagro, fue atendido con esmero y dedicación; las galardonadas con tan alto encargo no vivían para otra cosa que no fuera complacerlo. No obstante, al cabo de un tiempo muchas de ellas, sobre todo las más jóvenes, cayeron enfermas: nauseas, cansancio, dolor de cuerpo. Parecía que el don de curación del ángel, en ellas, por alguna razón, no surtía efecto. Las muchachas indispuestas fueron reemplazadas, pero, algo estaba ocurriendo porque en cosa de nada, las otras, las sustitutas, presentaron los mismos síntomas. Podía ser, dijeron las señoras de mayor edad, que la consumación de los tiempos estuviera cerca y que se encontraran en los albores de la batalla final, el compendio de todas los demás, la que se coronaría como el despertar de las conciencias dormidas. Entre ellas se congratularon por la buena nueva, abrazadas, eufóricas, lloraron de alegría por la redención que se avecinaba.

Comprometidas con su misión, como primer destino se dirigieron a la plaza y para los que las quisieran -y no quisieran- escuchar, dieron el sermón con la anunciación. Después, dando de gritos, se dispersaron por las calles; tocaron a las puertas de las casas, sin perder el tiempo, comunicaron el mensaje; las personas –sobrecogidas- salieron y entonces, todos juntos –en histeria colectiva- se le presentaron al ángel para que les indicara el camino a seguir.

En espera de la respuesta, se hizo un silencio que él no quebrantó. Arrebatados por el entusiasmo llegaron y así se fueron.

Regresaron a sus tareas las mujeres encargadas de los mimos, agradeciendo a la Providencia que las muchachas diagnosticadas como enfermas se sintieran mejor, pudiéndose reincorporar, sin mayor dilación, a sus labores.

Sin embargo, el pueblo no pudo dejar de notar el crecimiento exagerado del vientre en casi todas las mujeres que cohabitaban con el ángel. Hasta una de ellas, que se veía bastante mayor, había engordado a un grado que su barriga era de un tamaño descomunal. Las murmuraciones no se hicieron esperar, la gente empezó a hablar; las mujeres hicieron de oídos sordos hasta que un llanto de bebé recién nacido las sacudió; a ese llanto se le sumó otro y otro y otro más; de la casa de los Hinojosa salía un puro y unísono chillar.

Las mujeres que no estuvieron nunca enfermas salieron a dar una explicación: el milagro se había concedido, el ángel estaba dejando sucesores, es decir, angelitos a los que muy pronto podría visitarse, en un horario estipulado, para ser adorados –como era debido- con donaciones y regalos.